Tengo una hoja en blanco. Escribo un punto. Escribo un punto porque un punto tal vez es todo lo que me sale. Todo lo
que tengo. Porque no tengo nada que decir. Y entonces siento que todo el tiempo estoy queriendo plagiar a Levrero.
Imitarlo tal vez. Y por eso pongo el punto. Pero no me gusta la idea de plagiarlo. Aunque tal vez sí, tal vez sí me gusta la
idea de imitar sus ejercicios grafológicos. Pero tengo un teclado y no un lápiz. Y que me importa la letra si la excusa me
sirve de idea. Y por eso, en mi hoja en blanco he puesto un punto. Pero un punto ahí en medio de la hoja me dice que
es necesario agregar algo más. Si hubiera dejado solo un punto, significaría el final.
Entonces me pregunto como fué que empezó la historia y porque terminó tan rápido. Además me faltaría lo más
importante que es el mientras tanto. Entonces veo el punto ahí fijo, clavado en el blanco de la hoja y lo miro. Y pienso en
el amor. En la frase que dice que es eterno mientras dura. Y entonces me deprimo. Y miro la hoja con cierta tristeza. Y
pienso que tengo que hacer algo para seguir. Para que mi texto no muera en un final. Y entonces, arriba de ese punto
pongo otro punto; lo que me genera entonces la sensación de que acabo de escribir dos puntos. Y la hoja en blanco
ahora pareciera por culpa de esos dos puntos como querer decir algo más. Porque dos puntos son suspenso aunque
no sean suspensivos. Suspenso porque los miro y pienso en un silencio. En un vacío, en una ausencia si querés.
Porque luego de los dos puntos, se hace una pausa y se habla de algo. O se aclara algo. Y entonces me acuerdo del
perro de Mario, de Pongo sí, el mismo y entonces pienso otra vez en lo poco original y patético de estar haciendo lo
mismo pero bastante diferente y vergonzoso en calidad comparado con la maravilla escrita por ese gran escritor.
Ahora comprendo que si tengo dos puntos que significarán que tengo que seguir hablando de algo, debería entonces
haber algo adelante de ellos que justifique su existencia. Entonces pienso en el tiempo, en ese pedacito de silencio que
se produce cuando alguien lee o dice dos puntos. ¿Cuánto dura? Porque dos puntos no son tres. Porque si hubiera
puesto tres puntos, ahi ya la cosa cambiaría y significaría como un poco de melancolía en el final de la frase, o de
expectativa o de te lo dejo ahí picando como sin punto final. Los puntos suspensivos me hacen acordar a Sabina,
cuando dice que al final de los finales no le quedan. Pienso en ambos autores, admiro a ambos profundamente, pero es
el tiempo el que me dice que mi hoja sigue un poco en blanco y que adelante de los dos puntos aun no existe una idea
concreta que defina una introducción y detrás tampoco existe nada. Una idea adelante y una idea detrás como para que
los dos puntos cumplan una función y los tres suspensivos se parezcan a la melancolía. El tono en este caso estará
influenciado por la intervención en el texto de esos signos de puntuación. Me pregunto ahora en que momento Mario
Levrero decidía que ya era suficiente lo escrito para cortar un capítulo, porque me doy cuenta ahora de que mis manos
están cansadas, y mis ojos aburridos y de que me siento un poco tonta plagiando o intentando ejercitar de manera un
tanto mediocre a escritores consagrados y de que ya no sé que más escribir de aquí en más.
La hoja sigue en blanco, o no tanto, tal vez.
El ejercicio de Mario funciona. Ayuda a ladrar lo que no se ve y uno no sabe si estaba. Y entonces veo mi hoja y
ya no le tengo miedo. Porque el miedo paraliza dice una frase hecha y yo necesito un poco de creatividad literaria. De
esa que no tengo o que no tenía hasta hace un rato cuando pensé en plagiar el ejercicio grafológico de un grande. Que
como me hubiera gustado conocerlo para decirle algo o seguramente nada.
O gracias. O que se yo, no se me ocurre. O sí se me ocurre, tal vez contarle que aquí estoy, que ojalá pudiera
parecerme aunque sea un día a él, aunque sea un delirio, aunque sea por un rato; por el rato que dure el cuento, un
cuento o dos. Dos. Dos cuentos.
Aunque más no sea una ridiculez de mi parte. Me gustaría entonces mostrarle esta hoja y contarle...
Contarle tantas cosas, que quiero que se vaya el invierno, que cuanto falta para la primavera, que afuera diluvia y
que a veces tengo frío aunque sea pleno verano y que ya no creo en lo que creía.
Que ahora gracias a su discurso miro con desconfianza a los gatos de la ciudad y que coincido en que algunos, no
todos pero sí algunos, son traicioneros, inteligentes, distantes, calculadores.
Que tal vez sea cierto que les falte un poco de fidelidad. Y eso. Cosas que pienso mientras intento
plagiarlo mirando mi hoja en blanco, pensando que tal vez, puede ser que sí, que sí funcione el ejercicio.
Y que estoy acá, evaluando que hago, a donde voy y como sigo.
Porque resulta entonces que tengo ahora dos puntos y algo de tiempo. Y espero.
Espero...
Espero...
Espero que en algún momento un perro se aparezca por mis letras.
Un perro o un amor.
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